Entendiendo Asia: Cómo industrializa las emociones (Duanju, K-pop, emojis, manga)
- 20 jun
- 3 min de lectura
Durante varias décadas, Asia ha desarrollado formatos culturales diseñados para organizar la circulación de emociones a gran escala. Duanju podría ser para el mundo audiovisual lo que los emojis fueron para la escritura y el K-pop para la industria musical: no solo un formato asiático, sino un nuevo estándar con aspiraciones globales.
Una hipótesis audaz. Sin embargo, durante los últimos treinta años, varias innovaciones culturales importantes provenientes de Asia, inicialmente percibidas como fenómenos locales, han moldeado de forma permanente las costumbres en todo el mundo. El manga, por ejemplo, transformó las convenciones de la narrativa gráfica. Los emojis alteraron por completo el marco de nuestra comunicación escrita. El K-pop redefinió la relación entre artistas, plataformas y comunidades. Hoy, el duanju parece seguir la misma trayectoria.
El hilo conductor de todas estas innovaciones va más allá de la mera novedad de formato o la originalidad de contenido. Trasladan el centro de gravedad de la cultura: de la producción de obras a la organización de las interacciones. Todos estos inventos asiáticos surgieron precisamente en la intersección de la comunicación, la tecnología y la emoción.
Esta diferencia es fundamental: lo que circula en las redes sociales y digitales no es solo información. Son sentimientos, reacciones, identificaciones, emociones y subjetividades. Desde esta perspectiva, el manga, los emojis, el K-pop y el duanju se presentan claramente como tecnologías particularmente efectivas para la circulación de emociones. Los emojis comprimen una emoción en un símbolo, incluso enriqueciendo el lenguaje sin simplemente reemplazarlo o transponerlo a una imagen como un calco. El K-pop transforma la emoción individual en una experiencia colectiva y comunitaria. El manga lleva la intensidad emocional al núcleo mismo de su identidad visual. El duanju, por su parte, parece llevar esta lógica a su máxima expresión, ya que se construye como un flujo continuo de emociones.
Cada escena está diseñada para provocar una reacción inmediata: deseo, sorpresa, empatía, ira, frustración, alivio. Las emociones ya no son un mero efecto de la narrativa; se convierten en su materia prima. Y quizás ahí reside la verdadera innovación. El duanju no se limita a contar una historia adaptada a los teléfonos inteligentes y sus usos. Está diseñado para un entorno donde la atención se capta menos por la información que por la intensidad emocional.
Esta intuición coincide con los análisis de la socióloga Eva Illouz sobre el creciente papel de las emociones en las economías contemporáneas. Las emociones ya no se experimentan únicamente de forma individual; circulan, se intercambian, se comparten y generan valor. Desde esta perspectiva, las principales innovaciones culturales asiáticas de las últimas décadas podrían entenderse como infraestructuras emocionales: sistemas diseñados para producir, amplificar y hacer circular emociones a gran escala. Esto probablemente explica, en parte, su capacidad para convertirse en estándares globales. Los estándares culturales no prevalecen simplemente porque cuenten mejores historias, sino porque reflejan mejor cómo una época siente, se comunica e interactúa. El éxito global de los emojis nunca se debió a los pictogramas, y el éxito del duanju probablemente no se deba a series verticales cortas.
En ambos ejemplos, presenciamos la misma revolución: el surgimiento de formatos optimizados para la economía emocional de la era digital. De ser así, el duanju no es simplemente una nueva tendencia china. Podría ser uno de los primeros formatos culturales diseñados íntegramente para una sociedad donde la emoción se ha convertido en la principal unidad de circulación, atención y valor. Por lo tanto, el duanju no solo anuncia el futuro del entretenimiento audiovisual y digital, sino que también nos revela algo más fundamental sobre el futuro de nuestras interacciones.
Artículo escrito por Maëlle Billant


